Las anécdotas más bizarras de mis trabajos viajeros

El peor día de trabajo de mi vida

Estaba con una amiga en Hastings, Nueva Zelanda. Después de un montón de días buscando trabajo, finalmente llegó lo que esperábamos, o mejor dicho, más de lo que esperábamos. Nos llamaron de la consultora en la que habíamos aplicado para trabajar en Mc Cain, la fábrica de papas fritas. Algo que iba camino a ser otro check en mi viaje a Nueva Zelanda.

Previo a la inducción tuvimos que llenar bastantes papeles llenos de preguntas de todo tipo, y en ningún lado vimos escrito el nombre de la empresa, aunque para nosotras era obvio que se trataba del gigante de las papas. Igualmente, como queríamos estar seguras , cuando terminamos de completar los formularios le preguntamos al reclutador cuál era el nombre de la empresa, a lo que  contestò que era una dedicada a “los vegetales congelados”. El nombre que dijo no era precisamente Mc Cain, pero no le dimos importancia, pensando que se trataba de algo así como la razón social de la empresa, y no el nombre comercial. O que otra vez el acento kiwi nos estaba jugando una mala pasada. Confieso que cuando volví a leer esta historia en mi diario de viaje  me di cuenta que todo sonaba bastante raro, pero en ese momento no lo pensé.

Al dia siguiente llegó el momento de la verdad, fuimos a la misteriosa fàbrica de “vegetales congelados” , y no sólo que no era la famosa fàbrica de papas, si no que era una empaquetadora de cebollas congeladas!! Hay personas que son más o menos indiferentes al efecto de cortar cebollas, yo no soy de esas y de hecho prefiero no comer cebolla si tengo que cortarlas yo, por lo mucho que me hacen llorar. Aclarado esto, ya al llegar al estacionamiento el olor que se sentía era fuertísimo, lo último que uno quería hacer era acercarse más al lugar de donde venia ese olor. Igualmente entramos y enfrentamos la situación, todavía podía salir algo bueno de esto, no? La primera parada fueron los vestuarios, nos vestimos con mamelucos y botas de goma, detalle: ni mi amiga ni yo llevábamos medias y tuvimos que meter el pie desnudo en esas botas llenas de hongos internacionales, otro detalle para el olvido.

En realidad no tengo ninguna foto de ese dìa, pero el uniforme me quedaba igual de sexy que este

Una vez listas, entramos a la fábrica. Apenas crucé la puerta empece a lagrimear sin parar, los ojos y la nariz me ardían, era el efecto de cortar una cebolla, pero multiplicado en miles. Cebollas, cebollas y más cebollas por todos lados, realmente parecía una pesadilla. ¿Por qué nadie nos avisó esto antes?!! Al principio me sentí mal, pensé que era yo sola, que a mi me hacia particularmente mal  y que tantos años de haberme mantenido alejada de la cocina me estaban pasando factura. Pero para mi tanquilidad todo el grupo empezó a hacer comentarios de lo mal que la estaba pasando, y eso me consoló un poco. Así que con los ojos hinchados y medio rollo de servilletas de papel en la mano seguimos el recorrido. De toda la fabrica, los únicos lugares donde se podía escapar del olor eran los frigoríficos, por lo que había que elegir entre morir congelada o asfixiada entre cebollas.

De más esta decir que por suerte no volvieron a llamarnos después de ese día, pero igualmente siempre recordare ese lugar como el peor día de trabajo de mi vida.

Una confusión bastante vergonzosa

No es ningún secreto que para los occidentales los asiáticos nos parecen “todos iguales”. Dada mi adoración por los habitantes de ese lado del mundo desde que empecé a viajar, siempre me enojé con la gente que decía eso y me esmeré en distinguirlos, sintiéndome muy orgullosa de mis habilidades. Era febrero de 2012 y yo estaba trabajando en Waikiki, Hawaii, sacando fotos a los clientes  restaurantes de comida rápida. Habiendo trabajado ya 3 meses, había mejorado muchísimo mi memoria de caras y era bastante mejor que cuando empecé para distinguir y recordar la ubicación de los clientes en el restaurante. Pero uno de mis últimos días de trabajo pasó lo que temí desde el principio.

Estaba trabajando en mi sucursal preferida, donde tenía que sacarles fotos a los clientes mientras sostenían una hamburguesa de plástico gigante. Sé que no suena para nada atractivo pero no se dan una idea de como aumentaba las ventas esa bendita hamburguesa! Mi trabajo consistía en sacar las fotos, imprimirlas en mi “oficina móvil”, y luego ofrecérselas a los clientes, previo discurso de ventas aprendido de memoria de por medio. Algo así como “Hola, el restaurante les quiere regalar una postal gratis  (un silencio para que reflexionen sobre la palabra gratis), y además pueden comprar alguna de estas hermosas fotos en estos hermosos portarretratos por solo 10 dólares cada una” . Al discurso me lo habían enseñado mucho más largo y aparatoso que esto, pero lo que yo decía era algo así. Y como me pagaban comisiones por las ventas, en lugar de fotografiar una mesa, imprimir e intentar cerrar la venta, trataba de acumular 4 o 5 familias cada vez. El día de la tragedia acumulé 5 mesas, 5 mesas de familias japonesas.

Así eran las postales gratis (con la foto del ciliente no mía, por supuesto)

Me dirigí hacia ellas con las tres fotos (la postal gratis y las dos hermosas fotos en sus hermosos portarretratos), y con mi discurso de ventas. Recité todo mientras les mostraba animadamente las fotos. Después de que terminé, miré a los adultos para obtener una respuesta, y el padre muy tranquilo me dijo “Está bien, pero nosotros no somos los de la foto, es otra familia”. No me alcanzaron las disculpas en todos los idiomas para salir de esa situación, me quería morir! Igualmente tuve que seguir con mi trabajo dos horas más, y por supuesto, no pude venderles ninguna foto 🙁

Les presento a la hamburguesa de plástico

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